9 de diciembre de 2012

Mamá, ¿dónde están los juguetes?


¿A qué se aferra un psiquiatra en el sexto piso de la vida cuando se presentan aquellas situaciones de la vida que le rompen las vísceras al más sereno y provocan emociones de un talante tóxico para el miocardio que, además, desgastan y quitan días de vida?, ¿cómo se autoaplican a la hora de sortear aquello que perturba?

No tenía una respuesta porque la intolerancia a los errores de otros, que afectan donde más duele en el momento más inadecuado de la vida, por ejemplo, un 7 de diciembre, me provocan una rabia absolutamente reptiliana que no me permite trascender a los cerebros más evolucionados para calmarme.
 De nada servían en esos momentos los manuales aprendidos en muchas lecturas para controlar la ira. Estaba parqueado al frente de una oficina en la que debía resolver un asunto vital y discutía con los del trapo rojo mientras me acomodaba debajo de un árbol para esconderme del sol, ya que si yo permanecía en el carro era una moneda menos. Por supuesto, la que estaba en la oficina de marras tratando de enmendar el error cometido por otros era mi esposa, yo no hubiera podido manejar la situación con serenidad. Me acompañaba mi hija de 5 años quien, obviamente, se encontraba aburrida de los enredos de los adultos y pretendía que yo la distrajera con algo. Como no soy ducho en celulares no pude encontrarle un juego para desempavarla, así que su aburrimiento y mi irritabilidad iban en crescendo.

De alguna manera, terminamos hablando de cómo ella podría aprender a escribir y agarré esto como un pretexto para ganar tiempo mientras su madre resolvía. Le recordaba cómo le había enseñado a escribir las sílabas ma-ma para decir mamá. Entonces, le expliqué que esa palabra no sonaría ma-má si no llevaba un palito que se llama tilde sobre la última a para que se escuche ma-má, ma-má. Entonces, ocurrió el milagro que me salvó las Velitas. Ella aprovechó la coyuntura y empezó a cantar “Mamá, ¿dónde están los juguetes?, Mamá, el Niño Dios no los trajo”. Se produjo una explosión en nuestros cerebros límbicos y soltamos una carcajada sostenida que nos llevó hasta las lágrimas ante un apunte tan ingenioso. 
A partir de ese momento, el día me cambió. O el sol ya no calentaba tanto o era el aire acondicionado del carro, o el arbolito cumplía su función de sombrilla. El asunto es que todas esas emociones perturbadoras se fueron como por encanto hacia la alcantarilla de los desechos de la vida ante el poder de la risa que me permitió recuperar la emoción de la eutimia, de la bacanería, que se encontraba momentáneamente sepultada bajo la malparidez cósmica de la vida. Le di las gracias a mi hija por salvarme el día. ¡Velitas, ahí les voy!

Pero después de esa sacudida límbica, el cerebro racional te toca el hombro para decirte que sí está bien vacilarse las Velitas, pero hay un montón de gente jodida en este país que quisiera tener tu suerte de encontrarse con un chiste, una moneda, un mendrugo, una voz de aliento ante el dolor por la pérdida injusta de hijas, hermanas, esposas. Entonces, viene el aterrizaje del neocórtex que te pone los pies en la realidad y te recuerda celebrar con mesura para que tu alegría no aumente el dolor de otros.
 Tengan la seguridad de que al encenderlas pediré una sonrisa para todos.

Por Haroldo Martínez
haroldomartinez@hotmail.com