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14 de abril de 2012

Hugo, Einstein y la flecha del tiempo

A un año exacto del regreso de Hugo González a la matria me encuentro leyendo un libro que intenta explicar el fenómeno de la vida desde las leyes de la física y las matemáticas de la complejidad. Subrayo una misiva que Albert Einstein escribió a la familia de su confidente intelectual y mejor amigo cuando estudiaron juntos en Zürich, el científico e ingeniero Michele Besso, su pana: “Michele se me ha adelantado en dejar este extraño mundo. 
Es algo sin importancia. Para nosotros, físicos convencidos, la distinción entre pasado, presente y futuro es solo una ilusión, por persistente que esta sea”. El impacto del pequeño texto enciende las neuronas que disparan la fuga de ideas y las asociaciones libres.
La  psique  se  llena  de imágenes, de frases que revolotean en el cerebro emocional, olores, sonidos, pedazos de canciones. Pasa un tango: que 20 años no es nada. Se atraviesa un bolero: parece que fue ayer y el neocórtex complementa la frase: que fuimos al campo santo a despedirte, bróder. Se impone Tobacco Road y la imagen de Hugo con su parado de hipotónico indicando al camarógrafo el mejor plano para una toma. 
Después, el choque de las copas con vino tinto para celebrar el éxito de un evento bacano inventado por él. Brota del fondo del inconsciente una foto de Kip Thorne, el primer científico serio que se ha planteado la posibilidad práctica de los viajes en el tiempo a partir de los postulados de la teoría de la relatividad, según la cual, esto podría ocurrir si existieran los agujeros de gusano, tubos de espacio-tiempo que se tuercen sobre sí mismos y conectan diferentes regiones del espacio y el tiempo. A un lado, el facsímil de un documento en el que Thorne firma con Stephen Hawking una de sus tantas aparentemente disparatadas apuestas científicas. Sé lo que significan esas imágenes. Descubro el juego de mi mente, estoy llorando intelectualmente la ausencia del hermano. Quiero que hagan una apuesta en la que Thorne demuestre que existen esos agujeros para montarme en una nave, regresar al pasado, encontrarme con el Viejo Hugo y preguntarle cómo se ve la tierra desde allá arriba para que me conteste, no con la voz de Rolando La Serie, sino con su timbre de saxo tenor: ¡De película! Y sentarnos frente a su biblioteca, con el cello de Yo Yo Má de fondo musical, para terminar aquella recursión que no pudimos concluir por sus quebrantos de salud. 
Y mostrarle los últimos libros que compré en los que trato de entender las razones de su partida prematura, y la de otros bacanes, de este extraño mundo y comentarle que la conclusión es barro, pues todos concuerdan en que la posibilidad de retroceder en el tiempo es menor que 1 dividido por un 1 seguido de un billón de billones de billones de billones de billones de ceros.
 Entonces, cierro esos libros bajanota y tomo otro con frases más poéticas, como que la vida es una combustión controlada, un flujo de energía estructurado, una cuestión tanto de transformación energética como de replicación genética, que tal vez la vida tenga en el fondo la prosaica función de transformar energía, que la vida contradice las leyes físicas que ven el futuro del cosmos como algo que tiende al equilibrio termodinámico, a la muerte térmica. Esto me anima y busco una copa para degustar la lectura con un Merlot.

Por Haroldo Martínez
haroldomartinez@hotmail.com


   


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