29 de julio de 2011

El balde en la cabeza

Por Haroldo Martínez.
Acompañé al mulato hasta la puerta del cementerio. Aplaudí al paso del féretro. Le di un adiós prolongado con mis palmas haciéndole clave por última vez. Lo despedí como él quería. Y con la emoción sobrecogedora de ser testigo del porqué siempre afirmó que se quedaba en esta ciudad. Barranquilla entera le rindió los honores de bacán mayor.
La tarde tuvo un tinte especial, un enorme sol anaranjado que avanzaba lento hacia el ocaso y una gran masa de nubes grises que venían desde el Sur hasta terminar como un gran paraguas sobre el cementerio y sus alrededores, postal que duró hasta bien avanzada la tarde.
He aprendido a llorar a mis muertos en su grandeza y no en el dolor, por eso me pregunté, para intentar aplacar mi alma de rumbero que pierde a un músico caribano al que le debe tanta exquisitez poética y musical, qué es lo más grande que nos deja este caminante de una vida intensa que terminó de manera prematura.

Y sólo atino a concluir: bendita la hora en que Álvaro José, siendo niño, metía la cabeza en un balde para conocer, estudiar y perfeccionar los colores de su voz, porque eso le permitió crear un instrumento especial en sus cuerdas vocales, el ‘Joefonoscopio’. A veces trompeta, a veces saxo o trombón, ahora un relincho, después un timbal, un bajo para acompañar una frase en el coro, su voz era la verdad, lo que distinguía a su orquesta. El instrumento de su garganta adquirió el color del bronce necesario para la tesitura tímbrica del pregón. Porque este pregonero de la vida tenía que cantarle a tantas cosas que no le alcanzaba con un instrumento monofónico.

La poesía de su alma, la de un compositor natural polifacético, requirió desde la salsa hasta el ‘Joeson’ pasando por el chandé, la cumbia, el son cubano, el vallenato, la bomba, el palenque, lo champetúo, y cualquier ritmo que se inventara para mostrarnos, con una poética transparente, su corazón de ser humano con vicisitudes, demonios y virtudes como cada uno de nosotros. Joe Arroyo fue un compositor elegante, un creador de frases sencillas –que no simples- para describir la complejidad de su vida en una polifonía de ritmos para todos los gustos que puso a cantar y bailar a todos los estratos de la sociedad.

Uh, la la lá, se fue el centurión de la noche al sueño eterno a descansar de ese insomnio creativo en el que no hizo otra cosa que componer febrilmente para nosotros con el serio propósito de ponernos a gozar con toda esa musicalidad genética de cada célula de su espíritu para que no lo olvidemos y lo consagremos como Rey Momo imperecedero del carnaval barranquillero de todos los siglos venideros. De parte nuestra un gran silencio de corchea en nuestros corazones como homenaje respetuoso por todo lo que nos dio un cantautor nacido en el patio que trascendió las fronteras geográficas para calar hondo en el alma de cada rumbero que tuvo la fortuna de gozar su música y su lírica.

Hey, bacanes, tenemos hasta el viernes de carnaval del año entrante para ensayar el paso clásico del Joe, ese movimiento de rotación interna de las rodillas con el cual bailaremos todo el sábado en el cumbiódromo en el homenaje que le vamos a hacer.






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